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Veinte años de corredores biológicos en Barbas-Bremen: qué sobrevivió y qué no en el experimento de conectividad más estudiado de Colombia

Dos décadas después de plantados, los corredores biológicos de Barbas-Bremen (Quindío y Risaralda) siguen intactos en un 100%, pero los cercos vivos y árboles dispersos del mismo proyecto desaparecieron en más de la mitad. Qué explica esa diferencia y qué sigue sin resolverse.

Juan Felipe Romero13 min de lectura
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Veinte años de corredores biológicos en Barbas-Bremen: qué sobrevivió y qué no en el experimento de conectividad más estudiado de Colombia

En 2005, la Alcaldía de Filandia (Quindío) y el Instituto Alexander von Humboldt sembraron cuatro corredores de bosque nativo para reconectar dos fragmentos de selva andina separados por potreros. Diecisiete años después, un estudio de campo encontró que esos corredores seguían intactos al 100%. Los cercos vivos plantados en el mismo proyecto, en cambio, habían desaparecido en un 57%, y los árboles dispersos en potrero en un 68%, según la investigación publicada en 2022 en la revista costarricense Pensamiento Actual.

Por qué este valle importa más allá de Quindío

Colombia tiene, según el conteo citado en un estudio sobre el proyecto, al menos 17 iniciativas de corredores biológicos documentadas, más que cualquier otro país de Suramérica. La mayoría nunca se vuelve a medir después de la siembra inicial: se planta, se reporta el área intervenida y ahí termina el seguimiento. Barbas-Bremen es la excepción. Lleva más de dos décadas siendo objeto de estudios independientes sobre aves, reptiles y, ahora, sobre la durabilidad misma de las herramientas de manejo del paisaje que lo componen. Eso lo convierte en uno de los pocos lugares del país donde existe una respuesta real, con datos, a una pregunta que cualquier proyecto de restauración de conectividad tiene que hacerse tarde o temprano: ¿qué de lo que se planta dura, y qué depende de que alguien lo siga sosteniendo?

100%De los corredores biológicos y minicorredores sembrados en 2005 en Barbas-Bremen seguían en pie en el estudio de 2022, frente a 43% de los cercos vivos y 32% de los árboles dispersos en potrero del mismo proyecto.

Qué se sembró en 2005 y por qué

El Cañón del río Barbas y la Reserva Forestal Bremen son los dos fragmentos de bosque más grandes de esa franja de la cordillera Central, ubicados entre los 1.500 y 2.600 metros sobre el nivel del mar, en límites de Quindío y Risaralda. El área combinada ronda las 1.600 hectáreas, según el mismo estudio citado arriba. El problema que llevó al proyecto era simple de nombrar: entre esos dos fragmentos había kilómetros de potrero ganadero y cultivos de mora, sábila y aguacate, sin una sola franja de bosque continua que permitiera a la fauna moverse de un lado a otro.

El Instituto de Investigaciones Biológicas Alexander von Humboldt estableció cinco corredores biológicos (Colibríes, Pavas, Laureles, Monos y uno sin nombre asignado) para conectar ambos fragmentos, usando una técnica de sucesión natural acelerada: en vez de esperar a que el bosque se regenerara solo, se sembraron especies nativas de estadios intermedios y avanzados desde el inicio. En tres años el dosel alcanzó más de 12 metros de altura, con una estructura similar a la de un bosque secundario ya establecido. Hoy esos corredores tienen entre 28 y 289 metros de ancho, y son atravesados por una vía de unos ocho metros que conecta el pueblo de Filandia con la Autopista del Café, entre Armenia y Pereira.

Herramienta de manejo del paisajeQué hacíaEstado en 2017-2022
Corredores biológicos y minicorredoresFranjas de bosque nativo que reconectan Barbas y Bremen100% intactos
Cercos vivosSetos de árboles nativos en límites de predios57% desaparecidos
Árboles dispersos en potreroÁrboles nativos aislados dentro de zonas de pastoreo68% desaparecidos
Cierre de humedalesExclusión de ganado de zonas húmedasNo cuantificado en el estudio de 2022

La parte del proyecto que quedó formalmente protegida es el lado de Risaralda: el Distrito de Conservación de Suelos Barbas-Bremen, administrado por la CARDER, cubre 4.400 hectáreas entre 1.650 y 2.600 msnm. El lado de Quindío, en los municipios de Filandia y Circasia, queda bajo jurisdicción de la CRQ.

¿Los corredores funcionan como hábitat real, o solo como franja verde de paso?

Esa era la pregunta abierta hasta 2013, cuando un equipo de la Pontificia Universidad Javeriana pasó más de un mes capturando y observando aves dentro de tres de los corredores. El resultado, publicado en Ornitología Colombiana, fue la primera evidencia documentada en Colombia de que aves residentes usan corredores restaurados no solo para cruzar de un fragmento a otro, sino para completar ahí actividades exigentes de su ciclo de vida: muda de plumas y reproducción.

De 40 individuos de 24 especies capturados u observados en 1.470 horas-red de muestreo, 20 individuos de 15 especies mostraron evidencia de reproducción, muda o ambas a la vez: 32,5% en reproducción, 27,5% mudando plumaje, y 17,5% con las dos actividades superpuestas, un patrón energéticamente costoso que solo tiene sentido si el ave encuentra suficiente alimento en ese hábitat como para sostenerlo. Se documentaron nidos activos de la trogón collarejo (Trogon collaris), el barbudo cabecirrojo (Eubucco bourcierii), el mirlo pechinegro (Turdus leucops) y el atlapetes cabeciblanco (Atlapetes albinucha), entre otras especies, dentro de los corredores Colibríes, Pavas y Monos.

Trogón collarejo (Trogon collaris) posado en una rama
El trogón collarejo fue una de las especies encontradas anidando dentro de los corredores restaurados de Barbas-Bremen: una pareja fue registrada incubando dos huevos en una cavidad de tronco podrido en el corredor Monos. Crédito: Alejandro Bayer Tamayo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0

El punto ciego: la carretera que atraviesa los corredores

Nadie evaluó a los reptiles cuando se diseñaron los corredores en 2005, ni durante los años siguientes. Un equipo de la Universidad del Quindío llenó ese vacío entre 2014 y 2015, con resultados que matizan la buena noticia de las aves. Encontraron 16 especies de reptiles (seis lagartos, diez serpientes) dentro de los corredores y los potreros adyacentes, con una diferencia clara: la riqueza media fue de doce especies dentro de los corredores contra apenas cuatro en los potreros, y ninguna especie apareció en ambos ambientes. Los corredores sí están funcionando como hábitat boscoso para una fauna de reptiles que probablemente no podría subsistir en la matriz de pastizal.

Pero la carretera que atraviesa esos mismos corredores es otra historia. En 34 recorridos a pie por esa vía no se registró un solo lagarto atropellado, pero sí 64 cadáveres de serpientes de al menos nueve especies; la más afectada, Atractus cf. melanogaster, concentró 28 individuos, el 45% de los registros. El dato más honesto del estudio es el más incómodo: al principio los investigadores encontraron una relación estadística entre la frecuencia de atropellos y la cercanía al corredor más próximo, pero esa relación desapareció al excluir un solo punto de muestreo con un valor extremo. En otras palabras, la evidencia de que los corredores concentran el riesgo de atropellamiento en sus bordes es, con los datos actuales, demasiado frágil para sostenerse.

Serpiente terrestre del género Atractus sobre hojarasca
Una serpiente del género Atractus, el mismo grupo que concentró casi la mitad de los atropellamientos registrados en la vía que cruza los corredores de Barbas-Bremen (no corresponde a la especie exacta del estudio, Atractus cf. melanogaster). Crédito: Daniel van der Post, Wikimedia Commons (CC0 1.0)

Veinte años después: qué sobrevivió y qué no

El hallazgo más reciente, y el que le da sentido retrospectivo a todo lo anterior, viene del estudio de 2022 en Pensamiento Actual: entre productores, propietarios y tomadores de decisión entrevistados en la cuenca media del río Barbas, la valoración fue unánime en un punto: "todos los productores consultados resaltaron los beneficios ambientales de las herramientas por encima de los económicos". Pero esa valoración positiva no impidió que más de la mitad de los cercos vivos y dos tercios de los árboles dispersos desaparecieran del paisaje en 17 años.

La diferencia no es sutil. Un corredor biológico es una franja delimitada, sembrada una sola vez, que no compite con el uso productivo activo del resto del predio: una vez establecido, no le exige nada más al dueño de la tierra. Un cerco vivo o un árbol disperso en potrero, en cambio, vive dentro de la zona que el productor sigue usando para ganadería o cultivos, compitiendo todos los días con decisiones de manejo que nadie más está tomando por él. Cuando el acompañamiento técnico del proyecto original se diluyó, esas fueron las piezas que se perdieron primero.

Los tomadores de decisión entrevistados en 2022 identificaron una necesidad concreta para una segunda fase: construir pasos de fauna en el tramo de vía que atraviesa los corredores, la misma vía que el estudio de reptiles de 2016 ya había señalado como el punto ciego de todo el sistema. El obstáculo que reportaron no es técnico ni de voluntad: es que no tienen los recursos para financiarlo.

Qué significa esto para cualquier proyecto de conectividad

Barbas-Bremen lleva más de dos décadas siendo citado como uno de los mejores proyectos de corredores biológicos a nivel internacional, y esa reputación sigue siendo merecida: pocos proyectos de conectividad en el mundo tienen tres estudios independientes, con dos décadas de diferencia entre el primero y el último, midiendo si lo que se sembró realmente sirve. Pero leído completo, el caso deja una lección más incómoda que la del éxito: la infraestructura ecológica que un proyecto planta de una sola vez, dentro de un área delimitada, puede sobrevivir décadas sin mantenimiento activo. Todo lo demás, cualquier intervención que dependa de que un propietario privado siga tomando la misma decisión año tras año sin que nadie se lo recuerde ni se lo compense, tiene una vida útil mucho más corta que la del proyecto que la financió.

Eso tiene consecuencias directas para cualquier estrategia de restauración de conectividad que se diseñe hoy en Colombia, con o sin pago por servicios ambientales de por medio: los corredores estructurales, una vez sembrados, cuidan de sí mismos; los cercos vivos, los árboles dispersos y cualquier otra herramienta que dependa de la cooperación continuada de un productor necesitan un mecanismo de acompañamiento o compensación que no termine cuando termina el proyecto. Y el problema que nadie ha resuelto en Barbas-Bremen, la carretera que sigue matando serpientes en el mismo tramo donde los pájaros anidan veinte metros más allá, es el recordatorio de que conectar dos fragmentos de bosque no basta si la infraestructura humana que los separa queda intacta en el medio.

Cierre

Barbas-Bremen no es una historia de éxito simple ni un fracaso: es un experimento de dos décadas que, por fin, tiene suficientes datos para mostrar la diferencia exacta entre lo que la restauración asegura para siempre y lo que solo asegura mientras alguien lo sigue pagando. Cualquier proyecto de conectividad que apueste por la segunda categoría sin un mecanismo de financiación permanente está construyendo sobre la parte que Barbas-Bremen ya demostró que no dura.

Juan Felipe Romero

Ecólogo

Soy ecólogo con posgrado en Administración Ambiental de Zonas Costeras y Máster en Restauración Ecológica, con más de 18 años de experiencia en planificación, gestión y desarrollo de soluciones tecnológicas ambientales.

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