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Quince años de aviones sobre la Amazonia: el carbono que sale del bosque lo pone el fuego humano, y la sequía lo multiplica

Un estudio publicado en Nature el 21 de octubre de 2026 mide con aviones el CO2 sobre la Amazonia entre 2010 y 2024: el bosque se comporta casi neutro, pero la deforestación y el fuego lo vuelven una fuente neta, con su peor año en 2024. Qué midieron, qué encontraron y qué no prueban.

Juan Felipe Romero6 min de lectura
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Quince años de aviones sobre la Amazonia: el carbono que sale del bosque lo pone el fuego humano, y la sequía lo multiplica

Entre 2010 y 2024, aviones volaron en espiral sobre cuatro puntos de la Amazonia, 1.017 veces, tomando muestras de aire desde 4,4 km de altura hasta cerca de la superficie (unos 0,3 km). El resultado, publicado en Nature el 21 de octubre de 2026, es una pregunta respondida con aire en vez de con modelos: ¿la Amazonia absorbe o emite carbono? Emite, en promedio, y casi todo lo que emite viene del fuego que prenden las personas.

Importa ahora por una razón práctica: el Niño declarado para 2026 y 2027 pone otra vez a la región en el tipo de año que el estudio identifica como el más costoso. Y porque el hallazgo cambia dónde se ubica el riesgo: no tanto en el bosque que queda en pie, sino en lo que se hace con él.

0,81 PgC/añoEmisión neta de carbono de la Amazonia en 2024, el valor más alto de los 15 años medidos (0,32 PgC/año en promedio). Fuente: Gatti et al., Nature (2026), DOI 10.1038/s41586-026-11168-1.

Cómo se mide el carbono de un bosque con un avión

El estudio, de Luciana Gatti, Camilla Cunha y colegas, es de acceso abierto. En lugar de estimar el carbono desde el suelo (parcela por parcela) o con modelos, mide el CO2 y el CO del aire que entra y sale de la región. Cada vuelo muestrea el aire en 12 alturas en una trayectoria helicoidal descendente, normalmente dos veces al mes, en cuatro sitios cuyas áreas de influencia, según los autores, cubren cerca de toda la Amazonia (un área de 6,7 millones de km² en el análisis).

Con la diferencia entre el aire que llega y el que sale se calcula un balance de columna. Y como el estudio mide también monóxido de carbono, que acompaña a las quemas, y usa la relación CO/CO2 de las columnas de humo, separa el flujo total de carbono en dos partes: el que viene de quemas y el intercambio neto del bosque (fotosíntesis menos respiración). Eso es lo que permite decir quién emite.

Qué encontraron: un bosque casi neutro y un fuego que lo cambia todo

El balance medio de los 15 años fue de 0,32 ± 0,08 PgC al año de emisión neta. El fuego aportó 0,40 ± 0,07 y el intercambio neto del bosque fue ligeramente negativo (-0,08 ± 0,12), es decir, un pequeño sumidero que no alcanza a compensar la quema.

Para entender la variación de año a año, los autores agruparon los 15 años con una técnica de clasificación (k-means) usando carbono, lluvia, temperatura, deforestación, área quemada, focos de fuego y los índices del Niño y del Atlántico Norte tropical. Salieron tres tipos de año:

Tipo de añoAñosEmisión neta (PgC/año)Qué lo define
Grupo 12011 a 2014, 2017 y 20180,11 ± 0,08Años húmedos, poca deforestación y quema
Grupo 22019 a 20220,43 ± 0,13Alta actividad humana y bajo estrés climático
Grupo 32010, 2015, 2016, 2023 y 20240,49 ± 0,07Años cálidos y secos (El Niño y Atlántico Norte cálido), con quemas
Avioneta con instrumentos de muestreo atmosférico volando a baja altura sobre el dosel de la selva amazónica al amanecer
Representación de un vuelo de muestreo de aire sobre la selva. No es una foto del proyecto ni del avión usado en el estudio. Crédito: Imagen generada con IA (spacexai/grok-imagine-image).

Dos comparaciones del texto llaman la atención. En el grupo 2, con bajo estrés climático, la deforestación anual fue 97 % mayor y la emisión 291 % mayor que en el grupo 1: la presión humana sola bastó. Y en el grupo 3, con sequía, el área quemada fue 92 % mayor que en el grupo 1, pero la deforestación solo 22 % mayor: ahí el aumento viene del fuego, no de talar más.

Barras horizontales con la emisión neta de carbono de la Amazonia: 0,11 en años húmedos, 0,43 en años de alta presión humana, 0,49 en años secos y 0,81 en 2024
Valores del resumen y del texto del estudio, en petagramos de carbono por año. Crédito: Gráfico propio con datos de Gatti et al., Nature (2026), DOI 10.1038/s41586-026-11168-1.

2023 y 2024: dos años seguidos con resultados opuestos

El estudio dedica una sección a los dos últimos años, y la diferencia es el mejor argumento del artículo. 2023 empezó tras tres años de La Niña y tuvo la mayor absorción de la temporada húmeda de todo el registro: el sumidero compensó 75 % de las emisiones de deforestación y quema, y el balance anual fue 0,11 ± 0,09, parecido al de los años buenos. Después el Niño y un Atlántico Norte muy cálido produjeron una sequía y una ola de calor sin precedentes.

2024 empezó ya dentro de esas condiciones y dio 0,81 ± 0,09 PgC, 605 % más que el grupo 1. Fue el año más cálido, seco y quemado de las últimas dos décadas según el texto, con 1,2 °C más de temperatura y 462 mm menos de lluvia que el grupo 1, y el área quemada más extensa desde 2010. Un dato que desmiente la explicación "natural": las descargas eléctricas explicaron solo 1,6 % (2023) y 1,0 % (2024) de las igniciones, de modo que, concluyen los autores, el fuego fue principalmente humano y la sequía lo amplificó.

Hay otro detalle sobre cómo se usa el fuego. Según el texto, tras retomarse las políticas contra la deforestación en 2023, el fuego se volvió una herramienta frecuente de deforestación: PRODES identificó que en 2024 el 38 % de la deforestación se hizo con fuego.

El clima de fondo: menos lluvia y más calor desde 1979

Sobre esa serie de aviones, los autores revisan 46 años de lluvia y temperatura. Entre 1979 y 2018, el cambio de precipitación anual no fue estadísticamente significativo; entre 1979 y 2024 sí: 174 ± 69 mm menos, 8 %. En el pico de la temporada seca (agosto a octubre) la caída es de 20 %. La temperatura anual subió 1,13 ± 0,13 °C y la de la estación seca 1,81 ± 0,18 °C. La región más afectada por el calor y la deforestación es el sureste: calentamiento de 2,19 ± 0,21 °C en la estación seca y 37.930 km² de bosque primario perdidos entre 2018 y 2024, 62 % de la pérdida total de ese periodo según el texto.

Lo que el estudio no demuestra

  • Es un método integrado, no un inventario por país. El balance describe la Amazonia en su conjunto (y por cuatro subregiones); no reparte emisiones por departamento ni por predio.
  • El grupo de años es una clasificación estadística. Con solo 15 años, los tres grupos son una forma de leer la serie, no un modelo que prediga el siguiente año.
  • El sumidero no se descarta. El intercambio neto del bosque es cercano a neutro en los tres grupos; lo que cambia es el fuego que se le suma, y los autores advierten que la capacidad de absorción se debilita por mortalidad de árboles y cambio climático.
  • Las cifras de deforestación citadas son del Brasil. Las series de PRODES que usa el estudio son de la Amazonia brasileña, que según el texto es 58 % de la Pan-Amazonia; para otros países la historia puede tener otros ritmos.

Qué significa para quien gestiona bosque o carbono

Lo que sigue son lecturas de este artículo, no conclusiones del estudio:

  1. El fuego es el indicador a vigilar. Si en los años secos el aumento viene de quemas casi todas humanas, la alerta temprana y el control del fuego tienen más efecto sobre el balance de carbono que cualquier meta de siembra. Para el Niño de 2026 y 2027 (ver el seguimiento del Niño), el calendario de riesgo importa más que el promedio.
  2. El carbono "en pie" no es una cifra fija. Un proyecto que cuente el stock de un bosque como garantía permanente debería reconocer que un año como 2024 puede invertir ese signo regionalmente; es un argumento para exigir buffers y monitoreo de fuego en los mecanismos de pago por bosque en pie, como el que se analiza en el fondo para bosques tropicales.
  3. Medir desde el aire complementa al satélite. Las mediciones atmosféricas integran lo que el satélite estima por separado (deforestación, área quemada, biomasa) y sirven para comprobar que las cuentas cierran. Una de las misiones recientes que busca mejorar la parte de biomasa se describe en el mapa de biomasa con radar de banda P.

Un cálculo propio, solo para dar escala: 0,81 PgC de carbono equivale a unos 3 mil millones de toneladas de CO2 (0,81 x 3,67), en una sola región y en un solo año.

La conclusión de los autores es política, pero parte de datos: reducir el fuego es la palanca más rápida. Lo que este estudio añade es que esa conclusión no sale de un modelo que pueda discutirse variable por variable, sino de quince años de aire medido sobre la selva.

Imagen de portada: representación de una quema en el borde de la selva. No corresponde a un lugar específico. Imagen generada con IA (spacexai/grok-imagine-image).

Juan Felipe Romero

Ecólogo

Soy ecólogo con posgrado en Administración Ambiental de Zonas Costeras y Máster en Restauración Ecológica, con más de 18 años de experiencia en planificación, gestión y desarrollo de soluciones tecnológicas ambientales.

Este artículo se redactó con apoyo de inteligencia artificial, bajo dirección editorial de Juan Felipe Romero.

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