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Conectividad ecológica

La Amazonía no solo pierde árboles, pierde conexiones: el caso del corredor entre los Andes y la selva en Colombia

Un bosque en pie puede estar aislado. El análisis de RAISG y ANA estima que el 23% de la Amazonía perdió su conectividad ecológica, y en el corredor andino-amazónico de Colombia pasó del 11% al 76% entre 1985 y 2022.

Juan Felipe Romero10 min de lectura
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La Amazonía no solo pierde árboles, pierde conexiones: el caso del corredor entre los Andes y la selva en Colombia

Un bosque puede seguir en pie y estar, en la práctica, perdido. Si un fragmento queda rodeado de pastos o cortado por una carretera, el jaguar, el mono lanudo o una semilla ya no llegan a él, y con el tiempo se empobrece aunque ningún mapa de deforestación lo marque. Esa es la idea central de un texto publicado el 16 de octubre en Mongabay Latam por la Red de Redes Amazónicas con el título "La Amazonía necesita un bosque conectado, no solo en pie", y se puede contrastar con un análisis de datos.

Importa porque casi toda la política de conservación se mide en hectáreas deforestadas, y esa métrica no ve la fragmentación. Un país puede reducir su tasa anual de pérdida y, a la vez, seguir desconectando lo que queda.

23%Parte de la Amazonía (193 millones de hectáreas) con pérdida total de bosque continuo, es decir, de conectividad ecológica, entre 1985 y 2022; otro 13% (108 millones de hectáreas) está en riesgo de perderla. Fuente: comunicado de RAISG y la Alianza NorAmazónica (ANA), 16 de octubre de 2024.

Qué es la conectividad ecológica y cómo se midió

El comunicado de RAISG y ANA presenta lo que llama un primer análisis del estado de la conectividad ecológica en los nueve países amazónicos entre 1985 y 2022. Define la conectividad como el estado de la continuidad del bosque, es decir, la capacidad de los ecosistemas de permitir el libre desplazamiento de los animales y de los flujos naturales que sostienen la vida.

El propio comunicado da un ejemplo concreto: el mono lanudo (Lagothrix lagothricha) puede viajar hasta 100 kilómetros buscando alimento, pareja o refugio ante incendios, y en ese recorrido dispersa semillas, polen y parásitos. Si el paisaje se corta, esos procesos se interrumpen.

La relación entre pérdida y desconexión es desigual. Según el mismo documento, entre 1985 y 2022 se perdieron más de 92 millones de hectáreas de bosques y otras coberturas naturales según MapBiomas Amazonía, y por cada hectárea que se pierde casi media hectárea más queda desconectada y casi otra se degrada.

Qué se mideCifra del análisis RAISG y ANA (1985 a 2022)
Pérdida de coberturas naturalesMás de 92 millones de hectáreas
Conectividad perdida por completo23% de la Amazonía, 193 millones de hectáreas
Conectividad en riesgo13% adicional, 108 millones de hectáreas
Población que depende de la cuencaMás de 47 millones de habitantes, con 410 pueblos indígenas
Imagen satelital de un paisaje amazónico donde el bosque oscuro queda reducido a parches entre parcelas y caminos
Vista satelital de un paisaje con el bosque reducido a parches entre parcelas y caminos. Ilustra el patrón de fragmentación que mide el análisis, no el corredor colombiano. Crédito: Coordenação-Geral de Observação da Terra/INPE, CC BY-SA 2.0, vía [Wikimedia Commons](https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Reduced_Forest.jpg).

El corredor entre los Andes y la Amazonía: de 11% a 76%

El caso que mejor muestra la diferencia entre árboles y conexiones está en Colombia. El comunicado ubica uno de los puntos más críticos en el corredor andino-amazónico, entre el Parque Nacional Serranía de Chiribiquete, el Parque Tinigua, la Cordillera Los Picachos y la Sierra de La Macarena.

Los números que da son los siguientes: en 1985, el 11% del corredor (más de 69.000 hectáreas) había perdido por completo su función de conectividad; en 2022 la cifra llegó al 76% (más de 477.000 hectáreas). El texto atribuye ese salto a la deforestación por acaparamiento de tierras, que se aceleró después del Acuerdo de Paz de 2016.

Néstor Espejo, biólogo del equipo técnico, lo explica en el comunicado: era el punto de conexión más importante entre los Andes y la Amazonía en Colombia, y por él pasan especies como el jaguar, el mono araña y las mariposas Heliconius.

Vista aérea de un bosque amazónico continuo atravesado por un río cerca de Manaus
Bosque continuo cerca de Manaus (Brasil): el contraste con la imagen anterior es lo que la conectividad intenta medir. Crédito: James Martins, CC BY 3.0, vía [Wikimedia Commons](https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Amazon_rainforest_manaus_APA_Margem_Esquerda_do_Rio_Negro_-_panoramio.jpg).

Territorios indígenas y áreas protegidas: islas que resisten

El análisis también muestra qué frena la desconexión. En el ejemplo de Rondonia, en Brasil, el comunicado cuenta que el estado pasó de tener el 15% de su territorio con conectividad perdida en 1985 a un 49% en 2022 por el cambio de bosques a pastizales para ganado. Allí, los territorios indígenas y las áreas protegidas quedan como los pocos bastiones de bosque sano.

Esa resistencia tiene un costo: según el comunicado, esas áreas quedan atrapadas en medio de amenazas como el monocultivo, la ganadería a gran escala, la minería, la tala ilegal, el narcotráfico y la apropiación de tierras con documentos falsos.

Dos conjuntos de cifras que no coinciden, y por qué importa

Al revisar las fuentes aparece un matiz que conviene dejar a la vista. El texto de la Red de Redes Amazónicas dice que un 7% del bosque está en pie pero aislado y que un 13% corre el riesgo de quedar desconectado, además de que el 35% de la cuenca muestra algún grado de deterioro en su funcionamiento (ANA y RAISG, 2025). No enlaza el informe de 2025 que respalda esos números, y yo no encontré en el comunicado de 2024 la cifra del 7%, que además no coincide con el 23% de conectividad perdida del análisis original.

La explicación probable es que se trate de definiciones distintas (bosque aislado frente a conectividad perdida, o cortes de fechas diferentes), pero eso es una hipótesis mía, no algo que digan las fuentes. La lección práctica es verificar la definición de "conectividad" antes de comparar porcentajes entre informes. Un mismo territorio puede salir "desconectado" o "solo en riesgo" según el umbral y la escala del análisis.

Otras cifras del texto de opinión, que sus autores presentan sin enlace directo a un documento:

  • Los planes vigentes contemplan 147 nuevas centrales hidroeléctricas, que se sumarían a las 160 ya en operación o en construcción.
  • Más del 90% de la deforestación de la cuenca se concentra en una franja de 5,5 kilómetros alrededor de las vías, con atribución al Panel Científico por la Amazonía.
  • Existen 188 registros de pueblos en aislamiento en Sudamérica, y solo 60 son reconocidos oficialmente por los Estados, según el Grupo de Trabajo Internacional para la Protección de los Pueblos Indígenas en Aislamiento y Contacto Inicial.

Qué significa para quien planifica o evalúa territorio

La conclusión práctica es de método más que de política. Para quien hace una línea base, una evaluación de impacto o un plan de restauración, el área deforestada es una pregunta; la pregunta más difícil es qué se corta.

  1. Medir conectividad, no solo cobertura. Dos proyectos con la misma pérdida de hectáreas pueden tener efectos muy distintos si uno parte un corredor y el otro quita el borde de un bloque grande.
  2. Evaluar impactos acumulados. Según los autores del texto de Mongabay, los trazados de vías proyectados atraviesan los puntos de más alto valor funcional para el ecosistema. Una obra evaluada sola no ve esa suma.
  3. Priorizar dónde reconectar. El comunicado de RAISG y ANA recomienda fortalecer y ampliar las áreas protegidas, los territorios indígenas y otras figuras de protección y uso sostenible para mantener la conectividad.

La Amazonía es el ejemplo más grande, pero el principio vale para un corredor de bosque seco, un humedal o la cuenca de un río: lo que no se mide, no se prioriza, y lo que se mide solo como área, deja pasar el aislamiento.

Imagen de portada: un mono titi entre el follaje en el Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena, Colombia. Noelia Chalfoun, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Juan Felipe Romero

Ecólogo

Soy ecólogo con posgrado en Administración Ambiental de Zonas Costeras y Máster en Restauración Ecológica, con más de 18 años de experiencia en planificación, gestión y desarrollo de soluciones tecnológicas ambientales.

Este artículo se redactó con apoyo de inteligencia artificial, bajo dirección editorial de Juan Felipe Romero.

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