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Biodiversidad

Siete nidos de grandes rapaces en Segovia: cómo dos extaladores terminaron monitoreando águilas harpías en el nordeste antioqueño

En Segovia, Antioquia, un biólogo de EAFIT y dos hermanos que dejaron la tala de árboles ya ubicaron siete nidos de grandes rapaces, incluidas dos águilas harpías. La historia de cómo se monitorea una especie que necesita bosque continuo en una de las zonas más deforestadas del departamento.

Juan Felipe Romero7 min de lectura
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Siete nidos de grandes rapaces en Segovia: cómo dos extaladores terminaron monitoreando águilas harpías en el nordeste antioqueño

Siete nidos de grandes águilas en un solo municipio no es un dato menor: dos de águila harpía (Harpia harpyja), tres de águila crestada (Spizaetus ornatus) y dos de águila monera (Morphnus guianensis). Todos ubicados en Segovia, nordeste de Antioquia, por el Proyecto Grandes Rapaces Colombia hasta mayo de 2026, según reportó Mongabay Latam. Es, posiblemente, la mayor concentración de nidos activos de estas tres especies documentada en un mismo municipio colombiano.

Lo notable no es solo el número. Es que Segovia, zona históricamente marcada por el conflicto armado y la minería, es también uno de los municipios de Antioquia con más pérdida de bosque nativo en las últimas dos décadas.

150.000 hade bosque nativo perdió Antioquia entre 2002 y 2025, el contexto de fragmentación en el que opera este monitoreo

Por qué la águila harpía es un indicador exigente

La águila harpía es el águila más grande y pesada de América y una de las más grandes del mundo. Necesita bosque maduro y continuo: territorios amplios, dosel alto para anidar y suficiente presa (perezosos, monos, otros mamíferos arbóreos) para sostener a una pareja reproductiva y su pichón, que tarda más de un año en volverse independiente.

Esa exigencia la convierte en lo que los ecólogos llaman una especie sombrilla: proteger el hábitat que necesita una pareja de harpías protege, casi automáticamente, a decenas de especies con requerimientos menores. Pero esa misma exigencia la hace extremadamente sensible a la fragmentación. Un estudio de 2021 en Scientific Reports, citado como referencia por el propio proyecto de monitoreo, documentó que la deforestación tropical impone umbrales concretos de viabilidad reproductiva y de idoneidad de hábitat para las águilas más grandes del planeta: pasado cierto punto de pérdida de bosque, la pareja simplemente deja de poder reproducirse con éxito.

Águila harpía posada mostrando su cresta característica
La águila harpía necesita bosque maduro y continuo. Cada nido activo confirmado es, en la práctica, evidencia de que ese tipo de hábitat todavía existe en el punto exacto donde se encontró.Crédito: Mdf, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

De taladores a monitores: el cambio que hizo posible encontrar los nidos

El hallazgo de los siete nidos no fue producto de sobrevuelos ni de sensores remotos. Fue posible porque el proyecto, liderado por el biólogo Mateo Giraldo (Universidad EAFIT, especializado en grandes águilas), construyó la confianza de las comunidades que conocen el bosque mejor que nadie: quienes trabajan o trabajaron en él.

Franklin y Jhonatan Urrego, hermanos del corregimiento El Pescado en Segovia, son el ejemplo central de ese cambio. Ambos se dedicaban a la tala y hoy participan activamente en el monitoreo de los nidos que ayudaron a ubicar. El equipo instala cámaras trampa en los árboles durante periodos de baja actividad para no estresar a las aves, y socializa cada hallazgo con los propietarios de los predios donde aparecen los nidos, un paso tan importante como la cámara misma: sin el respaldo del dueño del predio, un nido confirmado hoy puede desaparecer con el próximo desmonte.

El proyecto recibe apoyo de la iniciativa "Voces que Transforman" del PNUD y de la embajada de Noruega en Colombia, en una región donde, según Mongabay Latam, el conflicto histórico había limitado la investigación previa sobre biodiversidad.

Águila harpía llegando a su nido con una presa capturada
Registro de una harpía llegando a su nido con un mono capreno como presa, usado en el estudio de Miranda et al. (2021) sobre umbrales de deforestación y viabilidad reproductiva de grandes águilas.Crédito: Jiang Chunsheng / Miranda et al. 2021, Scientific Reports, Wikimedia Commons, CC BY 4.0

Qué cambia cuando el monitoreo lo hace la comunidad, no un equipo externo

El monitoreo de especies exigentes en hábitat, como la harpía, suele depender de sobrevuelos, trampas cámara instaladas por equipos externos que visitan el territorio unas pocas veces al año, o telemetría satelital costosa. Todas esas técnicas funcionan, pero comparten una limitación: dependen de que alguien de afuera vuelva a entrar al territorio para revisar el equipo o repetir el sobrevuelo.

Un modelo donde quienes viven en el territorio hacen el seguimiento diario cambia esa ecuación de tres formas concretas:

  • Continuidad: un nido se puede revisar cada semana, no cada seis meses, porque quien lo revisa vive ahí.
  • Cobertura: los reportes comunitarios llegan primero a zonas de difícil acceso donde un sobrevuelo programado podría no pasar nunca.
  • Permanencia del dato: la relación de confianza con el propietario del predio, no solo la cámara trampa, es lo que evita que un nido se pierda entre un monitoreo y el siguiente.

Ninguna de esas tres ventajas reemplaza la necesidad de datos técnicos rigurosos (identificación de especie, coordenadas, frecuencia de actividad), pero sí resuelve el problema más común de cualquier monitoreo de biodiversidad de largo plazo: sostenerlo en el tiempo con presupuestos que casi nunca son permanentes.

Conclusión

Siete nidos de grandes rapaces en un solo municipio no son un hallazgo aislado, son una medición indirecta de cuánto bosque continuo le queda a esa zona del nordeste antioqueño, y de que todavía alcanza para sostener a la especie más exigente del gremio. Que ese dato lo hayan producido dos extaladores convertidos en monitores, y no un sobrevuelo puntual, es la parte de la historia que probablemente explica por qué el hallazgo llegó ahora y no antes: no hacía falta más tecnología, hacía falta que alguien con acceso diario al territorio tuviera una razón para mirar hacia arriba.

Juan Felipe Romero

Ecólogo

Soy ecólogo con posgrado en Administración Ambiental de Zonas Costeras y Máster en Restauración Ecológica, con más de 18 años de experiencia en planificación, gestión y desarrollo de soluciones tecnológicas ambientales.

Este artículo se redactó con apoyo de inteligencia artificial, bajo dirección editorial de Juan Felipe Romero.

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